Las Vegas:
La Arquitectura Sobreactuada

TEXTO:
Arq. Omar Seijas

FOTOS:
Carlos Kolster

Para un arquitecto es un verdadero compromiso el escribir un artículo acerca de Las Vegas (Nevada, USA). Definitivamente hay un lado de nuestro cerebro que rechaza esta ciudad y otro lado que lo aprueba y hasta le gusta, con lo cual ya comienza como concepto de entrada la palabra “contradicción”. Es un problema de mala conciencia, sobre todo por lo que en nuestras Escuelas de Arquitectura nos transmiten durante los años de formación, con criterios de diseño que están muy lejos de referenciarnos con Las Vegas.

Pero la fascinación y la curiosidad me llevaron por fin a visitarla, luego de años dedicados a descalificar la arquitectura de esta ciudad del juego y el pecado ante mis alumnos de diseño y donde los tinglados, las falsas fachadas y sobre todo la imitación eran palabras erradicadas del argot académico.

Parte de la culpa la tuvo un interesante libro del afamado arquitecto norteamericano Robert Venturi co-escrito con un grupo de estudiantes del Massachusetts Institute of Technology, denominado “Aprendiendo de Las Vegas”, en el cual se estudia el simbolismo olvidado de la forma arquitectónica. Esta y muchas otras referencias sembraron en mi la semilla de la curiosidad que se transformó lentamente en una necesidad de visitar la ciudad de los signos y los símbolos.

El punto de partida que define a Las Vegas es la existencia de una columna vertebral como lo es el denominado “Strip”, que no es otra cosa que una gran avenida casi ceremonial, que sirve de eje para organizar junto a si mismo el conjunto de edificaciones emblemáticas que componen el órgano principal dentro del tejido de la ciudad.

La continuidad dentro del “Strip” se da por la relación entre lo cívico y lo público de la calle y lo privado de los edificios y los anuncios luminosos monumentales, aún cuando se rompe dicha continuidad por el descarado individualismo de las edificaciones, cuyos aspectos estéticos definen claramente el gusto de una sociedad pluralista.

Lo que si hay que reconocer como virtud incalculable es la vitalidad del ornamento. Viéndolo como un fenómeno de comunicación arquitectónica, sobre todo para los que observan desde el automóvil, la escala es de grandes dimensiones y casi me atrevo a decir que estos recursos comunicacionales nacieron en Las Vegas para luego ser referencia para casos en Nueva York y Japón, entre otros.

Por otro lado me llamó mucho la atención la aparición de la imágen vernácula del gusto popular, ya digerido y aceptado por los americanos. Lo que no se observa en Las Vegas es la abstracción en la Arquitectura, lo que es quizás uno de los valores permanentes dentro de ella misma, que la une al arte y a las formas. En Las Vegas el mensaje es tan directo que decreta a mi juicio, la muerte de lo abstracto. Claro está, que lo que si se maneja muy bien es la semiología, los signos y los símbolos (cursis o serios) de arquitectura u opereta, es decir una arquitectura sobreactuada, a las anchas sobre su escenario, con su tramoya y sus bambalinas.

Los edificios temáticos: Luxor, Venetian, Paris, Caesars Palace y muchos otros, con su composición exterior imitando al Foro Romano o a la pirámide Keops, ofrecen un criterio de repertorio prestado pero ajeno, a una escala ridícula pero atractiva y que hace un reto a los arquitectos enfrentarla, no comprendiendo si el Van Gogh que se exhibe en el Museo Guggenheim es ficticio o no, si el Mel Gibson expuesto es real o de cera. Pero al final sus interiores nos atraen tanto a nosotros (los arquitectos) como a los americanos y turistas promedio, ya que los recintos internos que manejan estos hoteles monumentales han sido creados para deslumbrar. Aunque, en todos los casos, básicamente utilizan el mismo esquema de organización: el vestíbulo es el casino y la recepción es casi un elemento opcional; los restaurantes y servicios están en un segundo plano, pero todo, absolutamente todo, es área de jugadores.

Las salas de juego son siempre muy oscuras y los espacios que las conectan están decoradas con cielos artificiales (muy bien logrados escenográficamente) y nunca conectados con el espacio exterior. Así se desconcierta al visitante que jamás se entera si es la hora del desayuno o la cena. El tiempo no existe, ya que la luz interior jamás cambia; por supuesto esto es bueno para el negocio, ya que el jugador en la primera apuesta pierde la noción del tiempo. Los límites del espacio interior no se reconocen, son sombras al fondo, las referencias más cercanas son las máquinas tragamonedas, mientras que la utilización de colores fuertes, espejos y penumbra logran ampliar y unificar el espacio interior, sin saber en definitiva donde termina el límite físico del recinto.

Las posibilidades de luz natural no están negadas, pero lejos de las áreas de juego. Esto será siempre en la presencia de las áreas comunes de los hoteles, donde las piscinas y los jardines son alegóricos al tema específico, se niega la presencia del automóvil y aparecen los animales exóticos como artificios de decoración. Por supuesto las habitaciones dan hacia estos espacios oasis, manejando la luz natural a conveniencia y en algunos lugares se dejan las sombras para el submundo del juego, el sexo fácil y las bajas pasiones.

Las áreas anexas al “Strip” son de vocación de típicos suburbios norteamericanos, de viviendas repetitivas pero quizás no viven amas de casa sino coristas, curpiers y a veces dependientes de alguna gasolinera y por que no, también gente común.

El análisis de Las Vegas es definitivamente complejo y lleva a la reflexión acerca de si es una versión de la arquitectura adjetivada, que se reinventa a cada momento. En esta ciudad, que fue creada para el juego, lo extravagante, la mezcla del uso del suelo, los disímiles medios publicitarios, los órdenes yuxtapuestos y el caos provocado es lo que hace que nos demos cuenta que la arquitectura del ocio se comporta así. Es definitivamente la arquitectura de la comunicación versus la arquitectura del espacio que los arquitectos defendemos a ultranza. El rótulo es más importante que el edificio, mientras que el edificio es un anuncio publicitario; sin estos anuncios, no tenemos ciudad y eso es lo grave en la ciudad de los íconos y los mensajes.
Como todo el tema manejado es prestado, me tomo la libertad de citar un párrafo del libro de Venturi que mencioné antes:

“El Strip pone en relieve el valor del simbolismo y la alusión en una arquitectura de espacios extensos y grandes velocidades, y prueba que la gente -arquitectos incluídos- se lo pasa bien con una arquitectura que le recuerda alguna otra cosa, quizás un harén o el Salvaje Oeste. La alusión y el comentario, al pasado, al presente, a nuestros grandes lugares comunes o nuestros viejos clichés, y la inclusión de lo cotidiano en el entorno, sagrado y profano, es justamente lo que le falta a la arquitectura moderna de hoy. Podemos aprender de Las Vegas como otros artistas han aprendido de sus propias fuentes profanas y estilísticas”.

Y como todo es contradicción, por otro lado Andy Warhol dijo en una oportunidad: “Me gustan las cosas aburridas”.


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