Diego Ibarra
Una plaza y su vía crucis
TEXTO Y FOTOS:
Arq. Fernando Tábora

ARQUITECTURA:
Stoddart y Tábora Arquitectos


Fotos:
Abajo, la Plaza hoy en día y
al lado su aspecto en los sesenta.
Como habitantes de la ciudad de Caracas deberíamos estar conscientes de la importancia que tienen los espacios libres urbanos en nuestra cotidianidad, pues es a través de ellos que percibimos nuestra relación de afecto o rechazo hacia la ciudad. Esta percepción no se limita a lo construido sino también a como nosotros, los habitantes, nos comportamos, valorizándolos y realzándolos hasta convertirlos en hitos que contribuyan al equilibrio de nuestra psiquis o por el contrario denigrándolos hasta identificarlos como caos y olvido, síntoma de una sociedad que debe revisar su conducta.
La Plaza Diego Ibarra es un simple ejemplo, seleccionado para ilustrar y proponer como tema de reflexión el deterioro del espacio público que desafortunadamente se extiende progresivamente sobre la ciudad. Por supuesto que este deterioro no se limita sólo a un lugar físico o su entorno inmediato, sino a algo más grave que es la pérdida de la perspectiva en cuanto a los valores que deben formar al ciudadano y que se origina en una política frente a la ciudad que pretende resolver sus problemas solamente en el corto plazo, sin la preocupación del costo moral y económico que tendrá como resultante en la comunidad, tomando en cuenta que es el ciudadano más carente y relegado el que necesita tener vínculos más fuertes con los espacios públicos, destinados éstos al encuentro, la conversación, la recreación y la cultura, para de esta manera desarrollar el arraigo que lo transforma en un ciudadano consciente.
Al abandonar los espacios libres urbanos se está degradando la calidad de vida y negando el derecho a vivir mejor. Al intervenirlos con usos no conformes para resolver problemas puntuales, como la carencia de áreas para la economía informal, se pierde el espacio público para todos, se cercena el derecho a su disfrute y se relega al ciudadano a un papel de transeúnte.
En 1967, el Centro Simón Bolívar, inspirado en las proposiciones del arquitecto Tomás José Sanabria decidió realizar una serie de acciones sobre el centro histórico de Caracas, una de las cuales fue la de intervenir “la tierra de nadie” que existía al Este de lo proyectado por el arquitecto Cipriano Domínguez y que en ese momento y por mucho tiempo sería el símbolo de la Venezuela moderna: el Centro Simón Bolívar. Dicho espacio dividido en ese momento por el trazado en trinchera de la Avenida Bolívar en un Norte y Sur irreconciliables discriminaba valores urbanos como los teatros Municipal y Nacional y la iglesia Santa Teresa respecto del Capitolio, la Plaza Bolívar y el nuevo sistema propuesto por Sanabria para unir peatonalmente el centro con el Panteón Nacional.
El diseño de la Plaza Diego Ibarra tuvo como paradigma contribuir a este enlace y al mismo tiempo crear un oasis que le permitiera al visitante tener una sensación de refugio en contraste con la dispersión, el ruido y la contaminación del entorno inmediato.
La plaza propuesta integraba los espacios cubiertos y funcionales del Centro Simón Bolívar, permitiendo a todos los que buscaban interconectarse hacerlo a través del remanso protegido que ofrecía la plaza, bajo la sombra de las pérgolas que limitaban su espacio o atravesándola en todas las direcciones entre las tres fuentes. Éstas ubicadas una al centro y dos en los laterales, estaban unidas a las pérgolas haciendo juego con la arquitectura existente de Cipriano Domínguez; la fuente central con un alto chorro constituye el foco del espacio creado y punto de referencia del lugar.
El aspecto psicológico de frescor que da el agua y la magia de la luz y el color durante la noche hicieron de esta plaza una referencia obligada para el centro de Caracas, hasta que la desidia en el mantenimiento, no sólo de la plaza sino de todo el conjunto del Silencio, fue repitiendo lo que siempre ha sido un problema nacional: la carencia de conservación, donde se construye hoy para olvidar mañana y nunca preocuparse por lo ejecutado. Esta falta de visión tan sólo admite plantearse propuestas salvadoras que a su vez serán abandonadas mañana y así sucesivamente hasta que algún día surja la necesidad de establecer una memoria ciudadana que se encargue de defender efectivamente su patrimonio.
El momento de la inauguración de la plaza tuvo un doble significado: era la respuesta de la ciudad que no se rendía ante el desastre del terremoto que la había sacudido fuertemente y al mismo tiempo festejaba el primer millón de habitantes. Difícilmente podían imaginarse los que vieron ese día, la condición caótica y triste en que se encuentra hoy, invadida por ranchos construidos por buhoneros tal como en una película futurista de ciencia-ficción, donde los bárbaros ocupan las ruinas de una cultura pasada.
De seguir esta tendencia enfermiza un día descubriremos que también la Plaza Bolívar, los jardines del Capitolio y del Palacio de las Academias son magníficos espacios para los tarantines y puestos de fritangas y que no son necesarios cataclismos como los terremotos y los deslaves para destruir la esencia de las ciudades, pues mucho mas eficiente es su destrucción por la erosión continua de una sociedad liberada de sus principios.
Sólo con una voluntad política sostenida este terrible proceso puede ser invertido, tal como lo han experimentado otras ciudades en peores condiciones y en zonas más deterioradas, pero adicionalmente es necesario instaurar una memoria basada en ordenanzas, buen mantenimiento y la educación de sus habitantes, para que sean éstos transformados en ciudadanía los que defiendan y luchen por la conservación de su patrimonio.
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