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El uso de la luz
en nuestras ciudades |
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Un ensayo de Duilio Passariello
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La iluminación pública en nuestras ciudades se ha alienado de su valor cultural para responder mayoritariamente a dos objetivos funcionales: el automóvil y el sistema productivo. En nuestros métodos de construcción, la luz artificial, es el último eslabón de una cadena de procesos racionales: la cenicienta de un sistema de prioridades que ha elevado la fuerza de gravedad al nivel de paradigma. En un mundo hecho por ingenieros y arquitectos, no tener peso equivale a no mayor valor. Los criterios económicos que rigen el diseño de sistemas constructivos reducen los presupuestos de un renglón tan importante como lo es la luz artificial, a su mínima expresión. Esta escala de valores funciona en detrimento de la calidad visual del espacio, ésta a su vez tiene una importancia capital para nuestra comprensión del entorno y para la construcción mental de la realidad. Durante la noche la calidad de la luz artificial es determinante en el disfrute de la vida en la ciudad.
Evolutivamente la visión estereoscópica es una de las razones que permitió que el cerebro se convirtiese en la maravilla que hoy poseemos. Este tipo de visión fue la piedra angular que permitió la vertiginosa ascención desde el humilde Australopitecus de las sabanas africanas hasta lo que ahora somos: Homo Sapiens Sapiens. Millones de años de lenta evolución produjeron un sistema nervioso complejo y sofisticado. Ver, implicó interpretar, interpretar exigió pensar y así, con la ayuda del desarrollo de la faringe, la visión nos llevó al mundo de la comunicación. Paralelamente el descubrimiento del fuego incendió el deseo de apartarnos de los otros animales para conquistar la noche como espacio de vida en sociedad. El advenimiento de la luz articifial transformó nuestra forma de vida animal dependiente del sol para todas las actividades en una vida humana liberada del diario ciclo natural. El fuego (luz artificial) está sin duda íntimamente ligado al desarrollo del lenguaje y la comunicación. Su presencia al centro de pequeños grupos nómadas debe haber permitido a sus miembros extender el tiempo de contacto visual más allá de la duración del día y el desarrollo de otras actividades fuera de la caza y la fabricación de herramientas: demostración palpable es el florecimiento del arte rupestre, manifestación mágica íntimamente vinculada al manejo de la luz (es imposible pensar al trabajo de los pintores de Altamira sin el avance tecnoloógico que representaron las lámparas de aceite animal). La iluminación es una forma de expresión visual que adopta muchas de las convenciones de representación que la pintura ha desarrollado a traves de los siglos. La Iluminación escénica, en sus comienzos: una técnica que ha acompañado la danza, el teatro y el cine y les ha permitido crear ilusiones de gran fuerza expresiva; se consolidó como práctica artística indispensable en las artes escenográficas; con el tiempo, sus modalidades y sus metodologías de trabajo han permeado el espacio urbano para crear un nuevo lenguaje. Así la luminotécnica se ha transformado con el impulso de los nuevos creadores: de una práctica puramente técnica a un ejercicio artístico completamente independiente de la escena y de la ingeniería. El artificio de la luz permite la construcción de un lenguaje visivo específico, totalmente desvinculado de la experiencia de la luz solar. Este nuevo lenguage puede transformar las urbes en escenografías a gran escala. Su objetivo fundamental es el de producir placer visual, practicabilidad y seguridad. Estos objetivos sensuales, funcionales y psicológicos aseguran una mejor vivencia de la ciudad. La luz urbana recupera para el individuo, su condición de ciudadano: ella le ofrece una visión humanizada del tejido urbano donde las masas construidas y los espacios libres se reconforman para crear un paisaje confortable. Ella permite a la gente desplazarse sin el peligro de chocar contra obstáculos o el miedo de sentirse en la oscuridad. El uso de luces y sombras confiere a las ciudades un contexto visual mucho más complejo donde el individuo obtiene un sentimiento de bienestar. La oscuridad de la noche y la presencia de los objetos urbanos nos permite crear un mundo mágico e.j: transformar un árbol en un objeto impregnado de luz, engañar al ojo y obligarlo a pensar que la luz proviene de la planta misma alterando nuestra percepción de lo visible. La fuerza sugestiva de la luz la hace el más potente elemento escenográfico, eso que Lewis Mumford llama el teatro urbano: Caracas, Bogota, Lima, Ecuador, Santiago, Sao Paulo, Buenos Aires, hogar y esperanza de tantos millones de personas que día a día tratan de construir un futuro mejor. La ciudad: esa masa informe que crece indomable; esa erupción de formas y de espacios que se acumula como estratos arqueológicos; ese conglomerado de arquitecturas anónimas, adefesios de concreto y metal; maquinas para habitar: bloques que como el del 23 de Enero guardan furiosamente el deseo de elevarse de sus propias cenizas; lugares donde la luz urbana podría cumplir a fondo su rol social de bálsamo regenerador. La ciudad necesita luz, luz sensible, luz humana, luz que nos haga soñar y que transforme la certitud de una sombra gris en la duda de un haz de luz verde que nos dibuja un ángulo como si fuese el trazo de creyón gigante. A esos sitios urbanos huérfanos de toda esperanza la luz podría transformarlos en sitios dignos. Estoy pensando específicamente en los barrios: esos pesebres gigantes llenos de Jesuses, de Marías y de Josés que pierden toda esperanza en la oscuridad. Un concepto de iluminación adecuado a las condiciones del hábitat en los cerros del país podría hacer más grata la vida de tantos seres humanos que hoy viven en condiciones desesperantes. Una mejor luz artificial permitiría a la gente sentirse mejor. La gente le tiene miedo a la oscuridad, ese miedo permanente de la noche, que ha creado en los barrios un clima de inestabilidad emocional y de inseguridad personal que hace que muchos pierdan esperanzas en poder conseguir una vida mejor. La vida para aquellos que viven en zonas marginales se acaba tan pronto como se va el sol, la noche es el teatro de una profunda deshumanización que lleva a la violencia y al crimen. En realidad ¿Qué podemos esperar de zonas urbanas donde la gran parte del alumbrado público es completamente informal y donde la luz se reduce a su mínima expresión? Esta situación de caos no permite las mejores condiciones para la consolidación de zonas de hábitat que ya tienen más de 25 años de establecidas. Esos cerros que tanto admiré de noche, cuando era niño, hoy se han convertido en un reto profesional. Espero tener la fortuna de poder lograr hacer arrancar un programa de mejoramiento de las condiciones del alumbrado público de los barrios que permita una transformación positiva en la calidad de vida de las muchísimas zonas marginales de Venezuela. |
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| Foto del Castello Sforzesco por Duilio Passariello | ||||||
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